La VERDADERA Razón Por la Que Cayó Nicolás Maduro...
Y NO es por petroleo

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El Narco Dictador Venezolano Maduro fue Capturado Durante un Impactante Operativo sin víctimas. Esta es la Razón REAL por la que lo capturaron …


Seguramente ya viste el ruido de anoche. Un evento poco común, de esos que no se procesan en caliente. Según la versión oficial, fuerzas especiales de Estados Unidos capturaron a Nicolás Maduro en una operación sin víctimas, y desde entonces el relato se partió en dos extremos previsibles.
Unos lo presentan como una acción ilegal para apoderarse del petróleo venezolano. Otros, como el arresto largamente esperado de un criminal internacional. Ambas lecturas son cómodas… y ambas se quedan cortas.
Lo que ocurrió es mucho más grande que eso.
Empecemos por lo básico, aunque incomode: Maduro no es el presidente legítimo de Venezuela. Sus reelecciones de 2018 y 2024 fueron ampliamente cuestionadas por irregularidades graves, documentadas por observadores independientes, lo que llevó a que decenas de países —incluido Estados Unidos— se negaran a reconocerlo y validaran a la oposición como ganadora legítima.
Eso cambia por completo el marco de esta historia.

Entonces, ¿por qué capturaron a Maduro? ¿Drogas, petróleo o algo más?
El régimen de Maduro ha estado vinculado durante años a economías criminales de gran escala, incluida la del narcotráfico, con consecuencias reales fuera de sus fronteras. Sin embargo, si el objetivo principal fuera frenar las muertes por drogas en Estados Unidos, el foco estaría claramente en otro lugar.
El fentanilo —la sustancia más letal en la actual crisis de sobredosis— se produce mayoritariamente en México, a partir de insumos que llegan desde Asia. Si la prioridad fuera esa, la estrategia sería distinta. Y no lo es.
Tampoco encaja la explicación del petróleo. Estados Unidos no depende del crudo venezolano: posee enormes reservas propias y es uno de los principales exportadores de energía del mundo.
Entonces, ¿qué queda cuando descartas las explicaciones fáciles?
Queda el terreno más sensible: el del sistema electoral.
Una empresa de tecnología electoral conocida, Smartmatic, fue creada por venezolanos a comienzos de los años 2000 y desarrolló soluciones bajo el chavismo que terminaron siendo clave para consolidar el poder del régimen.
Ese modelo permitió manipular procesos, no solo resultados, y sentó precedentes que trascendieron las fronteras de Venezuela.
Ahí es donde esta historia empieza a ponerse realmente incómoda.

Con el tiempo, parte de esa tecnología terminó integrándose en otros sistemas. Dominion Voting Systems —uno de los proveedores más utilizados en elecciones clave en Estados Unidos— adquirió activos de Smartmatic alrededor de 2010.
A partir de ahí, algunos analistas comenzaron a señalar patrones llamativos en resultados electorales, tanto a nivel nacional como en estados decisivos como Michigan o Wisconsin. No pruebas concluyentes, pero sí comportamientos estadísticos que despertaron preguntas incómodas y que, hasta hoy, siguen generando debate.
Y luego tenemos los resultados de las elecciones presidenciales de Estados Unidos de 2020…


De forma llamativa, algunos de esos gráficos —en especial uno que mostraba un aumento abrupto de votos a favor de Biden— se volvieron cada vez más difíciles de encontrar en buscadores.
Donde antes había decenas de referencias, hoy queda poco rastro. No prueba nada por sí solo, pero sí deja una sensación incómoda sobre qué información permanece visible… y cuál no.
Y la historia no termina ahí.
En meses recientes, figuras clave de la oposición venezolana, junto con exfuncionarios del aparato de inteligencia del propio régimen, han declarado que ese modelo tecnológico no se quedó dentro de Venezuela.
Según sus testimonios, fue exportado como una forma de influencia y desestabilización, una especie de guerra silenciosa que no necesita tanques para cruzar fronteras.
Dicho de otro modo,
Maduro podría convertirse en una pieza clave dentro de una investigación mucho más amplia sobre la fragilidad de los sistemas electorales modernos.
No es una discusión partidista. No va de derechas o izquierdas. Ni de Trump, ni de Biden.
Va de algo más básico: la integridad del voto.
Porque sin elecciones creíbles, una democracia no es muy distinta de cualquier otro sistema autoritario maquillado de legalidad.
El voto es, en teoría, el mecanismo mediante el cual los ciudadanos ejercen poder real. Cuando ese proceso se distorsiona —por negligencia, diseño o conveniencia— el control termina inevitablemente en manos de quienes mejor saben manipularlo.
De ahí la insistencia en normas mínimas de integridad electoral.
Medidas simples, de sentido común, que reduzcan zonas grises y devuelvan confianza al sistema. Cuando esas reglas no existen, o se diluyen deliberadamente, el terreno queda fértil para el abuso.
Y cuando a eso se le suman tecnologías opacas y decisiones políticas que nadie quiere auditar a fondo, el resultado no es progreso: es erosión institucional.
Por eso esta historia no encaja ni en la narrativa de las drogas ni en la del petróleo.
El trasfondo es otro. Mucho más sensible.
Si la detención de Maduro responde a algo, es al intento de arrojar luz sobre niveles de corrupción que, de confirmarse, pondrían en entredicho no solo a un país, sino a la arquitectura misma de varias democracias.
A partir de hoy, conviene leer con lupa las “noticias” que circulen.
No para creerlo todo… sino para notar qué versión insiste en desacreditar el fondo de la pregunta sin siquiera permitir que se formule.
Eso, casi siempre, dice más que el titular.


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